Sólo el acero
FANTASÍA ÉPICA
 
     
 
 
 
 

SÓLO EL ACERO
The steel remains
(2008)

Richard Morgan

Editorial:
Alamut
(2012)


Colección:
---

Núm:
---

Páginas:
407

Traducción:
Manuel de los Reyes



 
     
Sólo el acero

Richard Morgan es conocido por estas latitudes especialmente por su vertiente literaria orientada a la ciencia ficción. Sus dos obras traducidas del género lo evidencian, tanto la más que notable Carbono alterado - de la que se rumorea pronto se hará una nueva edición, posiblemente de la trilogía completa- como la no menos excelente Leyes de mercado abordaban temáticas propias de la ciencia ficción pero ahora toca presentar la vertiente fantástica de Morgan. Hoy hablaremos de Sólo el acero, la novela que demuestra que el autor se defiende también la mar de bien con la épica fantástica.

Sólo el acero es una historia sucia y descarnada. Directa en muchos sentidos pero también ambigua en otros, especialmente en los asuntos más místicos, en el trasfondo histórico y mágico. Es como si cogiéramos la violencia que vierte Joe Abercombie en sus libros y le añadiéramos sexo explícito, diálogos memorables, un sarcasmo casi constante, insultos y mala leche y una sensación de estar escuchando hombres y mujeres de la calle que sin florituras dicen lo que piensan y por tanto son conversaciones de un realismo extremo - aquí, ciertamente la gran traducción de Manuel de los Reyes se ha dejado notar-. Y si además lo aliñamos con personajes políticamente incorrectas nos proporciona una novela sólida que puede competir con las mejores de los últimos años del género. Esto es Sólo el acero, una fantasía épica para adultos, vital, a veces desmesurada, pero sobre todo rompedora de moldes en muchos aspectos.

Lo primero que notamos es que en el escenario épico le falta un buen mapa donde situarnos. No es ni mucho menos imprescindible pero hubiera ayudado a un lector perdido que no sabe localizar los imperios y ligas de naciones y otras civilizaciones que pueblan este extraño mundo. Sólo el acero está ambientada en un universo de fantasía medieval a la carta, un mundo curiosamente sin luna - pero con un sospechoso cinturón de asteroides que la rodean- y que aparte de los humanos también posee otras razas como los hiriath o los enigmáticos dwenda. Aquí los kiriath equivaldrían más o menos a los conocidos elfos, pero no a los iluminados noldor o sindar de la factoría Tolkien sino más bien a los elfos hijoputas de La espada rota de Poul Anderson.

Morgan nos presenta a tres personajes, tres veteranos de guerra ahora retirados y que siguen su propio camino de formas muy diferentes. Son ahora leyendas ya entradas en la madurez y que recuerdan de forma constante sus papeles en la última gran guerra. Egar matadragones es un nórdico que ahora se ha convertido en jefe tribal pero que añora los tiempos pasados y las maravillas de la civilización. Es fuerte y tiene pinta de amigo fiel. También tenemos a Archeth, medio humana y medio kiriath, consejera del emperador. Inteligente y disciplinada. Y por encima de todos, encontramos a Ringil, hijo de una noble familia, valiente, honesto y un ejemplo a seguir... todo un héroe de guerra que dirigió la resistencia contra el asedio del pueblo escamoso, los lagartos que atacaron el mundo conocido dos décadas atrás. Ah! Se me olvidaba, Ringil sería nuestro típico héroe de fantasía épica sino fuera porque su familia lo ha repudiado por gay, sino fuera que sus enemigos le llaman degenerado y corrupto y porque le van los machos. Sí señores! Aquí es donde Morgan ya rompe esquemas al presentarnos la homosexualidad del personaje principal como un hecho importante que la ha condicionado toda la vida como se puede comprobar en los numerosos flashbacks que nos ofrece la novela.

Ringil es un puto comepollas como dirían sus enemigos (sí, se me está pegando el vocabulario de los personajes, qué queréis que os diga). Y es cierto, y además lo podemos comprobar con algunas escenas de sexo explícito y violento. Morgan no se priva de nada y es de agradecer porque tanto por la violencia empleada como por el sexo desinhibido - sea con mujeres o con hombres- Sólo el acero es una novela que rompe las normas implícitas en la mayoría de novelas las de este tipo. Olé tú! que dirían algunos.

Los tres amigos, pues, son antiguos luchadores que se deberán enfrentar cada uno a su manera a una amenaza creciente. Quizás Archeth es quién la detecta primero cuando un pueblo del Imperio es literalmente borrado del mapa. Mientras, Ringil debe investigar la venta de una prima suya como esclava y Egar debe hacer frente a una traición dentro de su tribu. La confluencia de las acciones de Ringil, Egar y Archeth será el hito que perseguiremos durante toda la novela donde descubriremos enigmáticas razas del pasado como los dwenda que al parecer quieren volver a este mundo para quedarse.

Si bien Morgan demuestra que sabe crear un ritmo trepidante en buena parte de los capítulos de la novela también se enrarece en otros - como en el prólogo- o especialmente los tramos dedicados al mundo de los dwenda que encuentro un poco demasiado onírico e inverosímil. Alguien me ha dicho que es posible que estos temas se desarrollen en novelas posteriores. Es probable. Hay que recordar que Sólo el acero es parte de una trilogía pero que tiene un final bastante cerrado de manera que no necesitamos a priori leer el resto de novelas -que por cierto no están traducidas todavía-

El autor británico nos ha abierto un poco los ojos con una novela que si bien no aporta nada nuevo sobre tramas fantásticas sí nos ofrece una visión más sucia y punzante de sus personajes y sitúa a Morgan dentro del círculo de escritores que en los últimos años están revolucionando la fantasía épica, tal vez más cerca de Abercrombie y Sapkowski que de Sanderson o Rotfuss. Dentro de pocas semanas lo podremos conocer al Eurocon de Barcelona, de la que es uno de los invitados. Esperamos que su visita anime a las editoriales de este país a continuar publicando su obra.

Eloi Puig, 14/10/16

Premios:

 

 

Búsqueda:
 
   
  Creative Commons License
Este texto está bajo licencia de Creative Commons.