Que morin els fills dels altres
NARRATIVA GENERAL
 

QUE MORIN ELS FILLS DELS ALTRES
(2025)

Roser Cabré-Verdiell

Editorial:
Males Herbes
(2025)


Colección:
Distorsions

Núm:
119

Páginas:
268

Otras ediciones:

No existen ediciones en castellano

 
 
Que morin els fills dels altres

A veces recuerdas libros por la dificultad que supone afrontar su reseña. Tal y como me ocurrió con AIOUA, la anterior novela de Roser Cabré-Verdiell, sentarte frente al teclado e intentar expresar todo lo que te ha hecho sentir una novela de estas características, un libro donde la ambigüedad de la trama y una prosa excelsa lo son todo, te deja con la sensación de que no puede explicarse. Que hay que vivirlo. Es como hacer una fotografía de un paisaje majestuoso y comprobar al llegar a casa... que no es lo mismo, que se queda corta.

Empecemos por el título. En uno de mis rincones poco secretos donde leo entre horas de trabajo, una camarera se detuvo a leer el título, interesándose por la novela. Mientras me servía el café me dijo: «¡Qué buen título!» mientras asentía con la cabeza. Que morin els fills dels altres no deja indiferente; de hecho, es una de las frases más impactantes que podréis encontrar jamás encabezando una novela. Y después entramos en ella y nos adentramos en lo que parece la corriente apacible de una narración que te mece suavemente por un arroyo, pero que de vez en cuando te deja entrever piedras afiladas, lejanas pero peligrosas. Y esa corriente, a medida que avanza y gana velocidad, te impulsa por unos rápidos de los que ya no puedes escapar: estás atrapado. Roser Cabré-Verdiell posee una de las prosas más apabullantes de la literatura catalana actual. Es así, y conviene decirlo con orgullo y con absoluta convicción.

Ocata es una playa del Baix Maresme, ya sabéis, esa comarca alargada y estrecha entre el mar y la montaña, nuestro Chile catalán. Allí se traslada a vivir una familia de lo más corriente: padre, madre y dos hijos. Huyen de la gran ciudad, de un séptimo piso que no les dejaba respirar. Aunque la razón principal es otra, mucho más visceral y profunda, y será el lector quien la descubrirá a medida que avance la historia.

A través de un estilo indirecto —que nos acompañará durante toda la novela—, donde los diálogos se funden con la narración, encontraremos en estos primeros capítulos una prosa opresiva, compacta y, como decía, hipnótica, marca de la casa. Por un lado, nos sentiremos alejados de la obsesión que sufre Rebeca, la madre; pero, al mismo tiempo, también extrañamente cerca de ella, porque los hijos son lo primero y que una madre se preocupe por ellos parece lo más normal del mundo.

Hablemos de ella, de nuestra protagonista. Rebeca vive presa de una angustia y una paranoia constantes, en cierto modo enfermizas, por la seguridad de sus hijos, de tres y cinco años. Cualquier posible accidente doméstico la empuja a vigilarlos sin descanso, a intentar prever todos los problemas futuros que puedan afectarles. Es una forma de afrontar la maternidad desde una autoexigencia mórbida que consiste en proteger a los hijos de todo aquello que pueda hacerles daño.

Pero poco a poco Rebeca intentará integrarse en el nuevo pueblo al que acaba de mudarse, y una vecina la animará a participar en la vida de la comunidad, por ejemplo en los actos de principios de verano que se celebran en la playa. Tras asistir a la tradicional fiesta de la Llisa del pueblo y formular tres deseos, la vida de Rebeca comienza a cambiar. El miedo se oculta, se repliega, y afloran las ganas de descubrir y experimentar. Según dicta esta tradición, todo el mundo pide tres deseos a la Llisa, la criatura folclórica local, mientras salta sobre las llamas. Y en su mente, mientras realiza el salto, Rebeca pronuncia para sí misma estas peticiones:

«Uno. Que desaparezca el miedo.
Dos. Que llegue el valor.
Tres. Que mueran los hijos de los otros.»


Y a partir de ese instante, su concepto del mundo empieza a tambalearse de forma sutil, pero constante. Decide quedarse unos días teletrabajando mientras el resto de la familia se marcha de vacaciones a comarcas más septentrionales y ella, la madre temerosa, permanece sola junto a sus extraños vecinos: una familia excéntrica donde el marido trabaja de noche, aunque parece estar siempre observando desde la azotea, y su esposa que cuida de una hija que no habla y que enferma de manera repentina.

Por su parte, Rebeca descubre señales místicas que apuntan todas hacia Ocata: los orígenes y la mitología griega de aquel lugar, el meridiano verde que nace en Dunkerque y muere allí mismo, en la desembocadura de la riera de Teià, y muchos otros elementos que terminan por trastocar sus creencias: las líneas geográficas, las líneas de la mano, las rectas, las curvas, la sinuosidad de hilos imaginarios y reales que siguen un patrón que solo sus ojos parecen ser capaces de ver. Quizá haya que entender esas líneas como metáforas de caminos, de intersecciones, de puntos que duelen: meridianos, líneas costeras, vías ferroviarias... senderos sobre la piel, casi quirúrgicos, sobre el vientre... Líneas que pueden convertirse en traumas.

Y si a todo ello añadimos los toques de quiromancia y esoterismo que impregnan la novela en determinados pasajes... quizá reflejen conceptos que pueden interpretarse tanto como elementos fantásticos como realidades demasiado palpables. Porque hay una palabra que puede definirlo todo y nada, según cómo se mire o cómo se pronuncie: «bruja». Un término que aparece en distintos momentos y que nos lleva a especular sobre una brujería arraigada entre las coordenadas de Montgat y Ocata y sobre el culto a Hécate. El reflejo, la sombra de un territorio que llama a la hechicería.

«Tú querías una vida limpia, Flavi pulido; yo vivo una historia antigua y sucia, que es la historia de las madres, que es la historia de las brujas, extremadamente carnal, ínfimamente virginal.»

A menudo puede parecernos que la novela no sabe hacia dónde navega, porque es críptica, de una trama escurridiza, como si la historia de Rebeca escapara continuamente de nuestra comprensión. Pero la autora la conduce con sabiduría hacia el lugar al que quiere llegar, aunque sea a través de enigmas, metáforas y supersticiones. Que morin els fills dels altres es una historia que va creciendo en intensidad narrativa con cada capítulo. La autora juega con los simbolismos y las leyendas, pero también con los traumas y la locura, con la desesperación por encontrar una respuesta adecuada a una angustia que te oprime el alma, a una culpa que no te deja vivir, pero que al mismo tiempo actúa como catalizador de una transformación.

Roser Cabré-Verdiell posee unos tótems muy concretos y recurrentes dentro de su bibliografía. La maternidad es, sin duda, el tema que más ha explorado, desde múltiples perspectivas posibles. Pero siempre de una forma visceral y descarnada. También le gusta tensionar, alterar y poner a prueba la capacidad de decisión femenina como motor de la libertad individual de algunos de sus personajes. De cómo esa libertad a veces es negada y otras manipulada; de cómo el propio cuerpo de las protagonistas parece hablar, gritar, exigir... cuidados, amor, calidez, pero también sexo o pasión.

Y en esta novela encontramos todo eso y mucho más. Es difícil definirla, pero muy fácil recomendarla, porque Roser nos entrega una historia triste con una intensidad poco habitual, nos acerca a los males reprimidos de la psique y nos ofrece una mirada salvaje, enérgica, capaz de apropiarse de cualquier elemento de su entorno para transformarlo en aquello que necesitas creer, en aquello que te hace sentir libre.

A la autora le gusta la ambigüedad, jugar con los nombres propios, el doble sentido de las percepciones, y nos proporciona herramientas para intentar discernir esa fina línea que separa la magia de la locura, lo sobrenatural del sufrimiento intrínseco de una existencia a la que le han arrebatado una parte pequeña, pero esencial. Y nos conduce inexorablemente hacia un final tórrido, violento y, sobre todo, liberador. Perfecto.

Eloi Puig
12/07/2026

 

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