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Las sociedades postapocalípticas que se esconden bajo tierra de una catástrofe que ha dejado el planeta prácticamente inhabitable son un ejemplo de tramas de ciencia ficción que quieren advertirnos de un futuro tétrico, pero que también nos ofrecen herramientas para pensar en la esperanza. Y esto es así porque la humanidad siempre es capaz de acostumbrarse a vivir en lugares recónditos, espacios a veces enormes o repletos de tecnología que intenta reproducir con mayor o menor acierto la vida anterior a la destrucción y, en otras ocasiones, rincones que recuerdan a madrigueras miserables donde solo habitan las alimañas.
De los espacios subterráneos con una sociedad establecida y una ciencia que ayuda a los humanos a fijar normas y conductas más o menos prósperas tenemos diversos ejemplos. Desde obras de aquí como Retorn al Sol de Josep Maria Francès (una de las pioneras en catalán) hasta El món fosc. Talps de Jordi de Manuel, de carácter más juvenil. También novelas actuales de gran éxito gracias a su adaptación a la pequeña pantalla, como es el caso de Espejismo («Silo» en televisión). Y si buscamos ejemplos de comunidades que se han vuelto todavía más claustrofóbicas, oscuras, con una humanidad degradada y que no parecen capaces de sobrevivir mucho más tiempo, podríamos hablar de Guillem López y la perturbadora La polilla en la casa del humo, y ahora también de Escafandre de vidre de Pat Ubach.
La primera novela de esta autora del Maresme es un puñetazo sobre la mesa dentro de la ciencia ficción postapocalíptica: una obra que nos adentra en las profundidades para mostrarnos la vida subterránea que sobrevive con unos recursos mínimos y una estructura social centrada en tareas y trabajos que se desempeñan de por vida. Sus habitantes intentan resistir en condiciones muy precarias en un pequeño mundo subterráneo repleto de túneles, pequeñas cavernas y espacios que parecen ser los últimos refugios y reductos de una humanidad que sobrevive como puede.
Para hacernos una idea: los niños alcanzan la edad adulta a los seis años y, al llegar a esa etapa, abandonan el hogar —la pequeña caverna comunitaria— donde su madre ha intentado criarlos. Y quizá no vuelvan a verse nunca más, pues a todo el mundo se le asigna una tarea que desarrollará durante el resto de su vida. Excepto si eres paridora. Si eres una mujer fértil que ya ha tenido uno o más hijos, puedes cambiar de trabajo y escoger dónde pasar el resto de tu existencia. En ese caso, nuestra protagonista, Ane, elige cuidar de las descartadas, una serie de niñas y jóvenes que sufrieron en primera persona los efectos de un accidente, una fuga en el sistema que las contaminó con el aire del exterior.
La vida bajo tierra, en una sociedad sin esperanzas, es dura, pero lo sería todavía más si sus habitantes no aplicaran una técnica psicológica llamada Inhibición, una fórmula social autoimpuesta para intentar relacionarse lo mínimo posible con los demás, para no perturbar el orden, para no tener sentimientos que puedan llevarte a la locura.
«No quería pensar más. Cuando pensaba le sobrevenían los males. Las personas que pensaban, que recordaban, acababan enloqueciendo; era una certeza palpable.»
Bajo tierra —un lugar que ni siquiera tiene nombre propio— las distintas secciones de trabajadores desconocen cómo funcionan las demás. La única estratificación que parece influir o gobernar por encima de cada sector es el Departamento de Solicitudes, situado en la parte más alta de las cavernas, bajo una cúpula sucia y medio opaca que deja entrever el exterior. Este misterioso departamento se ocupa de recibir las peticiones de la comunidad y de controlar una sociedad pequeña, huraña y decadente. Una sociedad sin vida social, sin risas, completamente deshumanizada.
«No podían llegar a comprender que, después de tantos años de un orden sanador y civilizado, de un orden que evitaba el fin de los humanos, todavía hubiera alguien capaz de ceder a la inconsciencia desconfiada de los sentimientos.»
Ane, poco a poco, gracias al contacto con las descartadas, irá descubriendo comportamientos que la alejarán progresivamente de la Inhibición, que le permitirán experimentar sensaciones y sentimientos que nunca antes había conocido. Entrará en una pequeña vorágine de humanización, tanto por su relación con las muchachas repudiadas, que son una fuente de vitalidad, como por el extraño y emotivo vínculo que mantiene con Zaig, un buscador. Los buscadores salen cada día al exterior, protegidos por escafandras de cristal, para intentar encontrar cualquier material aprovechable: plástico, goma… semillas de cualquier planta… esperanza, en definitiva.
Quitarse la escafandra es todo un símbolo de rebelión, de querer romper las normas aunque existan por algún motivo. Y la historia de Ane es la historia de una pequeña insurrección, del deseo de cambiar el statu quo de su pequeño mundo porque comprende que esa deshumanización que padecen no los llevará a ninguna parte. Quizá les haya ayudado hasta ahora a resistir y a no enloquecer, pero a la larga los destruirá como especie.
Pat Ubach ha escrito, pues, una propuesta muy interesante y concisa en esta novela. Con poco menos de doscientas páginas consigue atraparnos en una trama bien definida que nos acerca a un mundo irreal y claustrofóbico. No dedica tiempo a explicar cómo se ha llegado a esta situación ni cómo funciona o quién dirige esa sociedad enfermiza desde detrás del Departamento de Solicitudes —aunque me habría gustado—. No. La autora se centra en esa lucha por vencer la Inhibición, por volver a sentir lo que significa ser una persona, cómo socializar, cómo amar, cómo cuidar unos de otros.
Puede que no obtengamos una respuesta clara sobre si lo consigue o no, pero aplaudo esta puesta en escena de una primera novela que da mucho de sí. Muy recomendable.
Eloi Puig
18/07/2026
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