El torreón del cosmonauta
CF / SPACE OPERA
 
     
 
 
 
 

EL TORREÓN DEL COSMONAUTA
Cosmonaut keep
(2000)

Ken MacLeod

Editorial:
La Factoría
(2002)


Colección:
Solaris Ficción

Núm:
27

Páginas:
329

Lecturas relacionadas:
Luz oscura

Ciudad motor


 
     
El torreón del cosmonauta

Ya hace unos años que oímos hablar de una nueva generación de autores británicos que están creando escuela, que aportan nuevas ideas, nuevas tramas de complejidad creciente, vivas, originales y a menudo inclasificables dentro de la ciencia-ficción. Por mi parte, he leído trabajos de algunos de estos autores como Espacio revelación de Alastair Reynolds o La estación de la calle perdido de China Miéville (curiosamente, al igual que esta novela, todas ellas del año 2000).

Con la presente lectura he incorporado a un nuevo escritor de la mencionada generación británica: el escocés Ken MacLeod. La cuestión ahora sería saber discernir entre si realmente se nos ofrece algo diferente o no. Por mi modesta experiencia, el único escritor que ha conseguido plantear nuevas temáticas y desarrollar tramas realmente únicas es China Miéville. Los otros, sin desmerecer el entorno hard de Reynolds o la originalidad de MacLeod, no dejan de apostar por miradas diferentes pero no innovadoras a los temas de toda la vida.

MacLeod ha planteado una serie de novelas - en principio autoconclusivas- que llevan el sugerente título de Los motoreslumínicos y que se complementan con Luz oscura y Ciudad motor. En esta primera entrega, El torreón del cosmonauta, nos acerca a la exploración espacial y al contacto extraterrestre desde dos perspectivas diferentes, en el espacio y el tiempo -en uno de los aspectos más positivos de la novela. La primera sitúa la acción en el 2050, en un entorno político único: Los soviéticos han "invadido" Europa occidental y la guerra fría y la carrera para la conquista del espacio con los americanos parece repetirse al igual que a los años sesenta del siglo XX. Pero el nuevo sistema político está visto por muchos como una salvación en frente al capitalismo galopante de los EE.UU. Matt Cairns, un anarquista experto en sistemas informáticos que vive en medio de ingenios de alta tecnología propios de una ambientación ciberpunk, conoce a una espía americana que le complicará la vida proporcionándole información secreta sobre los contactos extraterrestres que se han realizado con la base espacial rusa Mariscal Titov.

Por otra parte, tenemos una acción futura que se intercala con los capítulos del presente, donde otros personajes, encabezados por Gregor Cairns (este apellido ya nos tendría que sonar) estudian el sistema nervioso de krakens gigantes en un planeta multiétnico donde conviven hasta cuatro especias alienígenas, aparte de la humana. Uno de los motores que tiene la novela para mantener el interés es descubrir el vínculo entre los dos protagonistas, el Matt Cairns del presente y el Gregor Cairns del futuro.

Pero después de este planteamiento, hay que decirlo, prometedor, la novela resulta bastante estéril. Es más, en muchos momentos se vuelve amodorrada y el lector no acaba de entender qué se proponen los personajes ni por dónde va la trama. Para empezar me atrevería a decir que la primera mitad del libro sobra. Las presentaciones de los personajes en una trama gris y poco adictiva no da lugar a milagros y efectivamente, el libro se resulta aburrido. Más adelante, el interés por las ideas de MacLeod renace un poco, sobre todo en la acción del presente, a raíz de algunos descubrimientos -pocos de hecho- que salen a la luz sobre los alienígenas; pero no en la acción del futuro, donde los personajes van y vienen por el planeta Mingulay buscando no sabemos qué en medio de una trama amorosa poco estimulante. Frustrante.

Otro aspecto poco desarrollado es la ambientación. Si la premisa de partida en la acción del presente era atractiva, poco más encontraremos. La sociedad bajo el control -democrático- ruso parece ser igual que la que conocemos actualmente, cosa que nos lleva a preguntarnos porque hacía falta anunciar un cambio tan brusco en la política europea. En parte eso se debe - creo- a las ideas políticas del autor - miembro del partido comunista británico- y que son ajustadas para adaptarlas a una trama a la que le son propicias -digamos que el espacio ve con mejor ojos una sociedad comunista que no capitalista. Pero eso es todo. Decepción otra vez.

Pero es que ni siquiera la descripción del planeta Mingulay donde transcurre la acción en el futuro echa una mano para salvar la novela. Sabemos que los humanos son descendientes de la primera nave colonizadora humana que llegó por sus propios medios a Mingulay. Sabemos que en el planeta hay más razas -pacíficas todas-, como los saurios, sabemos que existe una raza especial, los krakens (buena elección, si señor) que controlan la navegación a través de los mundos y que guardan más de un secreto. Pero no sabemos porque los humanos están tan poco desarrollados, como han llegado a aquel punto etc... todos son pequeños misterios que MacLeod sólo resuelve en parte, como para dar un aire más enigmático a la novela, pero que consigue el efecto contrario: Aburrirnos.

En definitiva, unas ideas interesantes sobre la expansión de la humanidad por el universo, que se mezclan con elementos hard, tanto tecnológicos como políticos - si, hay diversos momentos que uno no sabe de qué carajo está hablando al autor con tantos siglas por el medio- sin que éstos pero, resalten en la trama y que a duras penas nos mantiene atentos ante el libro.

MacLeod tiene las ideas más claras sobre la acción desarrollada bajo el liderazgo de Matt Cairns, en el presente, pero parece que se haya empeñado a encajar por las buenas o por las malas la trama futurista en los capítulos impares... sin que eso tenga demasiado sentido, sobre todo cuándo no hay nada por contar y lo poco que sería interesante de explicar, se esconde. El Torreón del cosmonauta es como una enorme nave a la que le cuesta arrancar; cuando lo consigue, despega poco a poco para navegar a la deriva durante mucho tiempo, de vez en cuándo vislumbra destinos jugosos, pero pasa de largo, como si tuviera un rumbo predeterminado que no va a ningún sitio. La nave acaba por retornar un poco al puerto de origen, sin entender muy bien porqué se ha marchado.

Espero acordarme de la novela lo suficiente por si un día me tiro de cabeza con la segunda parte, porque lo que es repasármela, no lo haré en absoluto.

Eloi Puig, 17/11/09

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