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A Obscura Editorial le ha cogido el gustillo al hecho de celebrar los cincuenta aniversarios de obras clásicas de terror. Hace unos años nos trajeron El excorcista y este año nos han recordado la efeméride de la publicación de Tiburón y de La profecía. Pero lo cierto es que estas obras nunca habían sido traducidas al catalán, de manera que, sea o no su aniversario, es un placer poder leer por fin novelas que han
condicionado tanto a toda una generación. Y en nuestra lengua, gracias a la, como siempre, magnífica traducción de Lluís Delgado. Mención aparte merece la cubierta de David Rendo, que me parece brillante
.
Estas novelas que he comentado son, además, obras que fueron adaptadas al cine con un éxito rotundo. También La profecia se convirtió en una película encomiable dentro del género de terror de finales de los setenta (quizá sin tanto renombre como Jaws o El exorcista, pero tampoco está nada mal). Y es que la película homónima estaba protagonizada —entre otros— por Gregory Peck y Lee Remick, dos nombres importantes en Hollywood, y fue dirigida por Richard Donner, que cumplió nuestros sueños más fantasiosos dirigiendo algunas de las mejores películas de los años ochenta con las que muchos de nosotros crecimos.
Pero si estoy hablando más de la película que del libro no es por casualidad, sino porque la novela de David Seltzer es una adaptación que el propio autor hizo de su guion original, de manera que tanto el filme como la novela aparecieron más o menos al mismo tiempo, complementándose entre sí. Esto no es demasiado habitual. Normalmente se adapta una película a partir de un libro, pero a veces encontramos casos como este (o como 2001, donde Arthur C. Clarke hizo algo parecido).
Pero vayamos a lo que nos interesa. La profecia es una novela que basa toda su esencia en acercarnos a la figura del anticristo. En revelarnos la llegada del Mal con mayúsculas a través de las desventuras que sufre una familia acomodada inglesa. David Seltzer, el autor, nunca oculta sus intenciones, pero nos las muestra de forma perturbadora a través de la figura inocente de un niño. Y aquí encontramos un punto realmente singular: la empatía que puede despertar una persona indefensa ante lo que esconde en su interior. Mostrar la maldad en manos de una criatura vulnerable.
Robert y Katherine Thorn son un matrimonio que no puede tener hijos. O eso parece, dados los diversos abortos espontáneos que ha sufrido Katherine. Por este motivo, cuando ella vuelve a quedarse embarazada y parece que todo marcha sobre ruedas, una llamada urgente obliga a Robert a viajar rápidamente a Roma, donde Katherine permanece ingresada a la espera de dar a luz. Allí, sin embargo, le anuncian que el bebé ha nacido muerto, pero le proponen adoptar inmediatamente a un recién nacido sin padres (la madre ha muerto durante el parto) que ha nacido ese mismo día. Thorn, desesperado, acepta sin decirle nada a Katherine. Y aquí comienza su particular vía crucis.
La novela se lee rápidamente y mantiene un buen pulso narrativo. El estilo de Seltzer es pragmático y no busca ensalzar su prosa, sino más bien construir una trama inquietante que pretende remover ciertas sensibilidades. Quien tenga muy presente la película encontrará muchísimas coincidencias —como es lógico, por otra parte, dada su buena adaptación—. Seltzer elabora una historia que juega con el momento en que fue escrita, a finales de los setenta, con una importante carga de geopolítica mundial y con el problema de fondo de la crisis israelí-palestina de los territorios ocupados —que, huelga decirlo, todavía perdura hoy en día—. Y todo ello porque el autor se esfuerza por encajar su historia en el contexto político y económico del momento.
Estos versos, que forman parte de la profecía sobre la llegada del anticristo, intentan justificar la llegada del Diablo en el contexto histórico del momento:
Cuando los judíos vuelvan a Sión
un cometa llene el cielo
Y el Sacro Imperio Romano se alce…
Entonces todos moriremos
Sea como sea, Seltzer consigue provocar cierta inquietud en diversos pasajes de la novela, a pesar de su estructura más policíaca. El ataque de los perros en el cementerio sería uno de ellos, así como ciertos descubrimientos escabrosos en tumbas profanadas. Pero lo mejor de todo son sus personajes: no solo la familia Thorne y los sufrimientos cada vez más fundamentados de Katherine, sino también los personajes
secundarios que rodean esta historia y que le otorgan mucha credibilidad.
El resultado es notable: una trama propia de un thriller, pero con una base místico-religiosa de primer orden que nos abre las puertas a conocer una forma del Mal que actúa a través de agentes externos y no siempre en carne propia.
Sin duda, una lectura muy recomendable que, si bien no es tan intensa o profunda como El exorcista —siguiendo con un ejemplo de esta temática—, sí que nos hace pasar un buen rato imaginando conspiraciones en torno a esta llegada del Anticristo y a cómo el mundo puede salvarse o caer irremediablemente en su perdición.
Eloi Puig
31/10/2026
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