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Hay obras que trascienden el tiempo (iba a decir el espacio, pero tampoco exageremos), obras que pasan a formar parte de nuestra vida sin pretenderlo y sin una razón mayor que otras. El nombre de la rosa de Umberto Eco es un buen ejemplo. Una novela que rompió moldes y que inspiró a muchos lectores y escritores, y que especialmente afectó a los bibliófilos como yo, para quienes la quema de un libro (y no hablemos ya de una biblioteca entera de incunables) siempre, siempre, siempre te duele en el alma.
Además, es una obra que se ha adaptado a diversos formatos, el último de los cuales es este cómic que tenemos entre las manos. Mi memoria no es muy exacta, pero juraría que mi primer encuentro con la historia que perpetró Umberto Eco no fue ni a través de la novela ni de la —magnífica— película de Jean-Jacques Annaud como habría sido lo normal, sino a través de un videojuego, allá por 1987 o 1988, que revolucionó mis tardes frente al teclado de mi querido MSX: «La abadia del Crimen» de Opera Soft, creado por Paco Menéndez y Juan Delcán. Sí, aquel juego de ordenador me tuvo enganchado a unos gráficos que no había visto antes y a un tipo de aventura que jamás habría pensado que pudiera desarrollarse en una pantalla de televisión.
Obviamente, al poco tiempo leí la novela y vi la película (aunque no sé en qué orden concreto), pero las investigaciones de Guillermo de Barkerville y su fiel Adso me han acompañado siempre. Teniendo en cuenta que mi mujer es una ultra fan de la novela y de la película, podemos decir que en casa hemos impregnado de El nombre de la rosa durante décadas. Así que, al enterarme de que Norma Còmics sacaba una edición en formato cómic, en catalán, y además dibujada por el gran Milo Manara..., el regalo de Sant Jordi de este año ya estaba decidido desde hacía tiempo.

La presente edición es una adaptación de la novela homónima de Eco. En su formato original se publicó en dos tomos, y ahora Norma nos la presenta en un único volumen integral. Se trata de una edición ilustrada por un inmenso dibujante como es Milo Manara y traducida al catalán por una no menos grandísima traductora como es Marta Armengol. Quizá resulte pretencioso comentar la trama de esta obra universal, pero por si todavía queda algún lector —supongo que joven— que no la conoce, os diré que Umberto Eco escribió una obra que combinaba el misterio de un asesinato en una abadía remota de los Alpes italianos con un trasfondo repleto de historia, filosofía y religión. Todo ello regado con una prosa erudita y con capítulos que todavía hacen daño al corazón cuando los lees.
Asesinatos, juicios, libros prohibidos, pasadizos secretos, lujuria contenida, la inquisición y una muestra de la historia de las facciones católicas que lideraban (y todavía lideran) el mundo cristiano son solo algunos de los muchos temas que Umberto Eco nos mostró a través de su novela más insigne. La adaptación al cómic de Milo Manara no era fácil, especialmente por la dificultad de destacar la ambientación opresiva de un monasterio medieval, repleto de monjes dispares que expresaban su condición de sacerdotes de Dios de diversas maneras. Guillermo de Baskerville, un franciscano invitado a la cumbre de discusión teológica del monasterio, es su protagonista. Sus métodos de investigación transgresores —para lo que se espera de un monje— serán el revulsivo para intentar descubrir quién está asesinando a una serie de monjes, justo cuando está a punto de llegar Bernardo Gui, el inquisidor dominico que también asiste a la cumbre que puede inclinar hacia un lado u otro el control ideológico de la Iglesia de la época, que no es poco.
Milo Manara es un viejo conocido del cómic europeo. Personalmente solo he leído algunas obras suyas de carácter erótico, como El Clic, y otras que también mezclan hechos históricos, como Borgia. Aquí, en El nombre de la rosa, ha apostado por un estilo hiperrealista, con un Guillermo de Baskerville que me recuerda a Marlon Brando, personajes perfectamente caricaturizados como Salvatore con su fealdad endémica y, cómo no, elevando a la máxima potencia los cuerpos jóvenes y esbeltos del novicio Adso de Melk y, especialmente, de la breve aparición de la muchacha sin nombre de la novela, siguiendo el estilo idealizado y erótico al que Manara nos tiene acostumbrados: una joven perfecta para alimentar las fantasías más exuberantes de unos monjes que no siempre guardan el celibato como deberían. Debo reconocer, sin embargo, que el dibujo de la perfección femenina contrasta demasiado con el ambiente recogido de la abadía. Si Manara pretendía conseguir el efecto de esa idealización de dicha perfección bajo la mirada de unos monjes para quienes el sexo es —o debería ser— un pensamiento al que renunciar, logra perfectamente hacernos entender lo que son capaces de ver unos ojos que han negado al cuerpo su instinto; si no es así, si Manara simplemente ha dibujado a la muchacha siguiendo su estilo de siempre..., me parece que acaba resultando demasiado irreal.

El dibujo de la ambientación, con una espléndida torre-biblioteca donde se oculta el secreto mejor guardado de la historia, y especialmente los rostros y figuras de los monjes, rozan la perfección. Y el color: opaco, apagado, mostrando las inclemencias de un paisaje y de unos edificios rústicos, incorporando fondos poco estimulantes, resulta perfecto para retratar la vida de una abadía dedicada a la vida contemplativa. Cuando Manara debe dibujar flashbacks, dedicados a las recientes razias de las facciones de una Iglesia católica en plena ebullición, utiliza viñetas clásicas, monocromáticas y con cartelas contextualizando la ilustración en la parte inferior.

El conjunto, de gran formato, es espléndido y consigue acercarnos de forma evidente a la trama de la novela sin renunciar a ningún frente importante. Obviamente, algunos de los pasajes de la novela de Eco se tratan de forma más superficial —siempre recordaré la descripción del portal de la Abadía como algo muy denso—, mientras que en otros se esperaba algo más de intensidad dramática, como en las torturas de los inquisidores o en las aventuras dentro del laberinto de la biblioteca. Pero todo ello no impide que Manara haya ilustrado de forma sobria y elegante una de las mejores historias literarias del siglo XX.
Este es, pues, el cuarto formato en el que puedo disfrutar de El nombre de la rosa, la magnífica aventura medieval de Umberto Eco. Ojalá podamos encontrar más formatos y adaptaciones con los que seguir emocionándonos con los misterios, asesinatos, laberintos y libros prohibidos de esta «Abadía del crimen» que descubrí a través de un videojuego hace ya casi cuarenta años.
Eloi Puig
21/06/2026
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