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He de decir que, a estas alturas, ya no debería sorprenderme la prosa polivalente de un autor como Joan-Lluís Lluís, capaz de acercarnos a las intimidades de dioses mitológicos, de matar dictadores cuando tocaba o, por ejemplo, de insinuar utopías en tiempos de bárbaros. Pero sí, debo reconocer que esta no me la esperaba. Que la última novela del autor de la Catalunya Nord, Una cançó de pluja, fuera una fábula con un protagonista animal, una historia tierna y a la vez terrible, un pequeño puñetazo en el estómago contra la barbarie humana… ha sido más que sorprendente.
Ella-Calla es una hembra de orangután que es capturada en las selvas de Borneo. Ella-Calla escapa porque sabe callar, sabe escuchar y sabe hacerse invisible mientras sus compañeros chillan, braman, corren y, en definitiva, llaman la atención, aterrorizados ante las llamas que se abalanzan sobre el barco-prisión en el que llevan días malviviendo.
Esta es, pues, la historia de Ella-Calla, la orangutana que sobrevive a una catástrofe pero que queda lejos de su hogar, de sus bosques y de su especie. Será esta una epopeya pequeña, medida, no con la intención de ensalzar a una heroína, sino de despertar en ella el instinto de supervivencia que se verá siempre truncado por los humanos y su talante destructivo. Tampoco estamos ante una novela de aventuras, sino más bien ante una descripción cuidadosa de unos sentimientos frente a la confusión inevitable que se produce cuando la arrancan de su entorno natural y el infierno se cierne sobre una criatura especialmente vulnerable como es un orangután.
Porque Ella-Calla, durante su huida, tiene tiempo de pensar, entre susto y susto. Y no sabemos si se acoge a la sabiduría de su especie para sentirse reconfortada dialogando con sus ancestros invisibles o si quizá va creando su propia mitología, que utiliza para tranquilizarse mientras intenta entender el mundo fuera-del-bosque.
Unas creencias que nos darán a conocer deidades como Madre-Toda o su némesis: Mara-Celosa, y cómo el comportamiento del buen orangután se rige por seguir las pautas de la primera e intentar evitar los actos de la segunda.
Aquí encontramos el pequeño punto fantástico de la historia —que, por otra parte, no la altera en absoluto y podemos considerarlo simbólico—: Ella-Calla escucha voces dentro de su cabeza. Es la memoria de la especie. Murmullos del pasado, voces de otros orangutanes a quienes nunca ha conocido. Palabras que la guían o simplemente la reconfortan. O también, como toda buena religión: voces que no responden.
«En la memoria de la especie, ahora sí, comienzan a aflorar recuerdos de orangutanes feroces y al final vencidos, de padres-de-clanes encadenados, de grandes-madres aniquiladas. Pero cuando pide a sus parientes que la ayuden a no caer en el agujero negro que ve ante sí, le responde el silencio.»
Joan-Lluís Lluís escribe de forma afable, pero tampoco escatima crueldad cuando hace falta, pues esta pequeña odisea de Ella-Calla tiene momentos muy duros. Siempre, sin embargo, sin irse por las ramas, sin dispersarse. Una cançó de pluja es una novela breve, de capítulos cortos, que quiere ser incisiva y no superflua, que quiere denunciar sin exprimir la tragedia y que quiere acercarnos de forma inexorable al drama de los animales capturados y, especialmente, de aquellos que lo son para convertirse en esclavos de todo tipo. Y hacer todo esto desde el punto de vista de un animal es considerablemente complicado, todo hay que decirlo.
Ignoro por qué el autor eligió este animal noble para escribir esta historia. Bueno, sí lo sé —en el epílogo explica que se basa en hechos reales—, pero el hecho es que quizá el orangután tiene un pequeño punto de atracción sensible para los humanos. Pensad en El planeta de los simios, donde esta especie era la más filosófica (o sapiente) de todas. O basta con ver cómo sir Terry Pratchett otorgó protagonismo a un orangután bibliotecario en muchas de las novelas del Mundodisco… precisamente porque su forma era mucho más ideal que la humana (y su mente mucho más equilibrada).
Quizá sea el andar pausado de los orangutanes, tal vez su mirada triste nos atraviesa de forma conmovedora y nos hace saber que sí, que saben que los estamos exterminando —a ellos y a toda la naturaleza— y que solo nosotros podemos detenerlo y revertirlo.
Eloi Puig
11/01/2025
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